Una Hora con George Muller
por Charles R. Parsons
En un día templado de verano me encontraba paseando por los bosques de los Montes Ashley, en Bristol. En la cima contemplé los inmensos edificios que daban cabida a 2.000 huérfanos, construidos por un hombre que dio al mundo la lección de fe más sorprendente y efectiva que se haya visto alguna vez. El primer edificio se encontraba a la derecha, y allí, en medio de su gente, en sus nada pretenciosos aposentos, vivía santamente el patriarca, George Mueller. Después de pasar la puerta de entrada, me paré un instante para contemplar la Casa No.3, una de las cinco cuya edificación llegó a costar $600.000 dólares. Fui recibido en la puerta por un huérfano quien me guió subiendo por una escalera de piedra y me introdujo en una de las salas privadas del venerable fundador de esta gran institución. El señor Mueller se encontraba ni más ni menos que con 91 años de edad. Mientras estuve en su presencia, la veneración fue algo que inundó mi mente. “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano”. (Levítico 19:32).
Me recibió con un cordial apretón de manos y me dio la bienvenida. Es un privilegio poder contemplar a un hombre por medio de quien Dios desarrolló una obra tan grande: va más allá de haber oído el tono de su voz; mejor que eso es el privilegio de haberme sentido inmediatamente en conexión con su espíritu y de haber sentido la cálida respiración de su alma como la mía propia. La comunión que tuve con él en aquella hora, se ha quedado grabada en mi corazón para siempre. Este siervo del Dios Altísimo me abrió su corazón, me confortó, oró conmigo, y me dio su bendición. En el transcurso de toda esa hora se hizo manifiesta la fuente de toda fuerza espiritual que habita en George Mueller. Este santo anciano, en pleno uso de todas sus facultades, siempre mantuvo elocuencia en este tema: la alabanza digna a Jehová, el gran Oidor y Contestador de las oraciones de Su gente. Mis palabras fueron muy pocas.
“Usted siempre encontró al Señor fiel a Sus promesas, ¿verdad, señor Mueller?”
“!Siempre! ¡Él nunca me decepcionó o defraudó! En todos estos cerca de setenta años, siempre ha suplido cada una de las necesidades de esta obra cada día. Desde que comenzó hasta hoy, han pasado por aquí, nueve mil quinientos huérfanos, y a ninguno le faltó nunca una comida saludable. En centenas de veces, comenzamos el día sin un centavo, pero nuestro Padre Celestial siempre se las ingeniaba para suplirnos todo lo necesario a cada momento. Nunca nos faltó el sustento. Nunca hubo un momento en que faltase alimento en el plato de cada uno. Durante todos estos años, lo único que he hecho ha sido confiar solamente en el Dios Vivo. En respuesta a mis oraciones me han sido enviados $7.5 millones de dólares. Hemos precisado de más de $200.000 dólares por año y los hemos recibido conforme los íbamos necesitando. No hay ni un solo hombre que pueda decir que yo le haya pedido un céntimo. No tenemos comités, ni recaudadores, ni devotos, ni patrocinadores. Todo ha llegado como respuesta a las oraciones de fe. Dios tiene muchas maneras de tocar el corazón de todos los hombres del mundo para socorrernos. Sin ir más lejos, ayer por la tarde, mientras estaba predicando, un caballero me extendió la mano con un cheque con una buena cantidad de dinero, después de acabar el servicio.”
“He leído su vida, señor Mueller, y he observado que algunas veces, su fe ha soportado duras pruebas. ¿Le sucede lo mismo hoy en día?
“Mi fe está siendo puesta a prueba como nunca antes, y mis dificultades son mayores que nunca. Además de las responsabilidades financieras que tenemos, hay ayudas puntuales que tienen que aparecer constantemente, y lugares adecuados para acoger centenas de huérfanos que salen de nuestras instalaciones. Es muy común que nuestras cuentas estén tocando fondo. La última semana, por poner un ejemplo, hemos estado con las despensas casi vacías. Reuní a mis amados colaboradores y les dije, “!Oren, hermanos, oren!” E inmediatamente recibimos quinientos dólares que nos habían sido enviados, después mil más, y pocos días más tarde recibimos otros 7.500. Pero siempre tenemos que orar, y siempre con creencia. ¡OH! Qué hermoso es confiar en el Dios Vivo, pues Él ha dicho, “nunca te dejaré, nunca te desampararé” (Hebreos 13:5). Mantén muy viva tu expectativa en la grandeza de Dios, y recibirás grandes cosas. La capacidad de Dios no tiene límites. ! Alabado por siempre sea Su glorioso Nombre! ¡Alabado sea en todas las cosas! Lo he alabado muchas veces cuando me envía diez centavos, y lo he alabado cuando me ha enviado $60.000 dólares.”
“Supongo que nunca habrá pensado en ahorrar algún dinero?”
“Si lo hubiese hecho, habría sido un acto bastante necio. ¿Cómo podría orar yo, si tuviese disponible dinero ahorrado? Si lo hiciese, me diría Dios, “dispón de esos ahorros, George Mueller.” OH no, nunca me pasaría por la cabeza hacer una cosa de esas. Nuestros ahorros se encuentran en los Lugares Celestiales. El Dios Vivo es nuestra suficiencia. He confiado en Él por un dólar, y he confiado en Él por miles de dólares, y nunca ha defraudado mi confianza. “Bendito sea el hombre que en Él confía” (Salmos 34:8).
“Y, está claro que nunca pensó en su propio beneficio, ¿no es así?”
No me olvidaré fácilmente de la forma tan digna en que fueron contestadas mis preguntas por este hombre de fe. Estaba confortablemente sentado frente a mí, con sus rodillas muy próximas a las mías, sus manos juntas, sus ojos reflejaban una paz, una quietud, y un espíritu meditativo. La mayor parte del tiempo había estado dirigiendo sus ojos al suelo. Pero ahora que se encontraba erguido, observó mi rostro por breves momentos, con tal intensidad, que sentí traspasar hasta lo más íntimo de mi alma. Había mucho de grandeza y majestad en aquella mirada tan cristalina y pura, tan acostumbrada como estaba a las visiones espirituales y a mirar en los asuntos más profundos de Dios. Yo no sé si mis preguntas le sonaron mal, o si dejaron ver un toque del “viejo hombre” al cual se refirió en su discurso. En todo caso, nunca hubo la menor sombra de duda que alterara todo su ser.
Después de una breve pausa, durante la cual su rostro parecía un sermón y la profundidad de sus claros ojos brillaban iluminados, desabrochó su abrigo y sacó de su bolsillo un antiguo monedero con unos aros para separar las monedas por su valor. Y poniéndolo sobre mi mano dijo tranquilamente, “Todo lo que poseo se encuentra en ese monedero – ¡cada centavo! ¿Lo guardo en beneficio propio? ¡Jamás! Cuando se me envía dinero para mi uso personal, lo reencamino a Dios. Más de cinco mil dólares me han sido enviados de una sola vez; pero jamás he pensado que esos donativos me perteneciesen a mí; le pertenecen a Él, de Quien soy y a Quien sirvo. ¿En beneficio propio? Nunca procuré nada; eso sería deshonrar a mi amoroso, elegante, y todo bondadoso Padre.” Devolví el monedero a señor Mueller. Me dijo la cantidad que contenía, y me contó como él mismo se había entregado del todo al Orfanato y al Instituto del Conocimiento de las Escrituras. Sobre este asunto, sin embargo, junto con algunos más, no estoy autorizado para exponerlos.
Había un rasgo de santo entusiasmo en el rostro de este anciano y fiel hombre, mientras relataba algunos de los incidentes que le sucedieron en sus viajes predicando en cuarenta y dos países diferentes, y cómo mientras viajaba de un lugar a otro – algunas veces los sitios distaban entre sí miles de millas – sus necesidades iban siendo suplidas. Cientos de miles de hombres y mujeres de casi todas las naciones se acercaron para oírle, y su gran tema fue el sencillo mensaje de la salvación y la exhortación a los creyentes a confiar en el Dios Vivo. Me contó que ora más por sus sermones que por cualquier otra cosa y que, muchas veces, no sabe cuál va a ser el texto hasta que no acaba de subir las escaleras del púlpito, aunque haya estado orando por él durante toda una semana.
Le pregunte si pasaba mucho tiempo de rodillas.
“Durante horas todos los días. Yo vivo en el espíritu de la oración; oro cuando camino, cuando caigo, y cuando me levanto. Y la respuesta siempre viene en camino. Decenas de miles de veces han sido respondidas mis oraciones. Cuando estoy persuadido de que algo es correcto, me pongo a orar por ello hasta el final. ¡Nunca desisto!”. El señor Mueller comenzó sus viajes cuando tenía 70 años y continuó realizándolos hasta los 87 (desde 1875 a 1892). Estas palabras fueron pronunciadas con un tono bastante alto. Había un rasgo de triunfo en ellas, y el hombre que las pronunciaba desbordaba un gozo santo. Se había levantado de su asiento mientras las profería y se paseaba alrededor de la mesa.
“En respuesta a mis oraciones, miles de almas han sido salvas,” continuó diciendo. “He de encontrarme con miles de ellos en el cielo.” Se hizo otra pausa. Yo no dije nada, y él continuó: “Lo más importante es no desistir hasta que llegue la respuesta”. Yo he orado durante cincuenta y dos años todos los días por dos hombres, hijos de un amigo de mi juventud. Todavía no han sido convertidos, ¡pero lo serán algún día! ¿Cómo podría ser de otra manera? Está de por medio una promesa de Jehová inmutable, y en ella me recuesto y descanso. El gran error que se comete entre los hijos de Dios es que no perseveran en la oración; no se mantienen orando; no son persistentes. Si desean darle la gloria a Dios en todas las cosas, deben orar hasta que las consigan. “OH, ¡cuán bueno, amable, elegante, y condescendiente es Aquel con quien tenemos que tratar! ¡Él me ha ofrecido, sin yo merecerlo, muchísimo más de lo que pedía o entendía! Yo no soy más que un pobre ser, fracasado y pecador, sin embargo Él ha oído mis oraciones decenas de miles de veces y he sido instrumento Suyo para traer a decenas de miles de almas al camino de la verdad en éste y en otros países. Estos miserables labios han proclamado la salvación a grandes multitudes, y muchísimas personas han creído en la vida eterna.
Pregunté al señor Mueller si alguna vez cuando comenzó esta obra se había imaginado la dimensión y el crecimiento que alcanzaría.
Después de relatar el comienzo en Wilson Street, respondió, “Yo solamente sabía que Dios estaba involucrado en esta obra y que estaba guiando a Su hijo por un camino que no había sido pisado ni explorado anteriormente. Estar seguro de que Él se encontraba presente fue lo que me mantuvo firme.”
“No puedo dejar de notar la forma como habla de sí mismo” Dije, consciente de que abordaba un tema ante un hombre amable, sagrado y cercano colaborador de Dios, con un entendimiento espiritual profundo y con una relación muy intima y personal con Dios, tan pronto como termine de hablar, me arrepentí de mis palabras.
Pero él alejó de mí aquellos temores exclamando, “Hay solamente una cosa que merezco, ¡y es el Infierno! Te digo, hermano mío, que es la única cosa que merezco. Yo soy un hombre perdido por naturaleza, pero también soy un pecador salvo por la gracia de Dios. Aunque por naturaleza sea pecador, no vivo en pecado. Detesto el pecado; lo detesto cada vez más y más, y cada vez amo más y más la santidad.”
“Supongo que, a través de todos estos años trabajando para Dios, se ha debido encontrar con muchas circunstancias adversas que lo hayan desmotivado, ¿no es así?”- pregunté.
“He hallado muchas circunstancias desalentadoras, pero siempre he mantenido y puesto mi confianza en Dios,” fue la respuesta. “En las palabras de la promesa de Jehová descansa mi alma! OH, qué bueno es confiar en Él; ¡Su Palabra nunca vuelve vacía! “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Este principio también se aplica a mi ministerio público. Hace sesenta años prediqué un pobre, seco y estéril sermón que no me dejó satisfecho y, como me imaginé, tampoco confortó a otros. Pero mucho tiempo después escuché diecinueve casos distintos acerca de las bendiciones resultantes de aquel sermón.”
Le conté unos pocos casos que me habían desalentado, y le expresé la esperanza de llegar a ser más útil que nunca para Dios. “Serás útil para Dios, hermano mío,” exclamó él.“!El mismísimo Dios te bendecirá! ¡Esfuérzate! ¡Persevera!”.
¿Me permite pedirle un consejo respecto a mi propio trabajo con Dios? Pregunté: ¿cómo puedo contribuir con mi esfuerzo en la grandiosa labor cristiana de cosechar almas?
“Procura depender enteramente en Dios en todas las cosas” contestó. Deposita tu vida y tu trabajo en Sus manos. Cuando te surjan nuevas tareas, pregunta, ¿esto concuerda con los propósitos de Dios? ¿Es para Su Gloria? Si no es para Su Gloria, no es bueno para ti, y no tienes nada qué hacer al respecto. ¡Recuerda esto! Teniendo presente que todo sea para glorificarle, comiénzalo en Su Nombre y llévalo hasta el final en oración y fe, y ¡nunca desistas! No permitas iniquidad en tu corazón. Si la tienes, Dios no te escuchará. Cree en Su fidelidad. Depende sólo en Él. Espera en Él. Cree en Dios. Espera grandes cosas de Él. No desmayes si demoran las bendiciones en llegar. Y sobre todo, descansa en los méritos conquistados por nuestro maravilloso Señor y Salvador, para que de acuerdo a sus méritos, y no a los tuyos propios, sean aceptables las oraciones que ofreces y el trabajo que realices para Dios. No tuve palabras para responder. ¿Qué podía decir? Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón estaba rebosante de bendiciones –Me impactó tanto lo que escuchaba que me quede sin palabras, paralizado, reinaba el silencio del amor del Cielo.
El Sr. Mueller fue a buscar en otra sala una copia de su biografía, en la cual inscribió mi nombre. Su ausencia me dio la oportunidad de echar un vistazo al apartamento. El mobiliario era de lo más sencillo, práctico y en armonía con el hombre de Dios que había estado hablando conmigo. Este es un gran principio con el que vivía George Mueller, que los hijos de Dios no deberían ser ostentosos en su estilo, cargos o posición, forma de vestir, o modo de vivir. Él creía que la ostentación y el lujo no concuerdan con aquellos que se declaran discípulos de aquel manso y humilde ser que no tuvo donde recostar su cabeza. Sobre la mesa había una Biblia abierta de buena tipografía sin notas o referencias. Esta, pensé, es la morada de un hombre considerado poderoso espiritualmente en los tiempos actuales, un hombre levantado especialmente para mostrar a un mundo frio, calculador, y egoísta, la realidad de los asuntos de Dios y para enseñar a la iglesia lo victoriosa que puede ser si tan solo es lo suficientemente sabia para aferrarse del brazo omnipotente de Dios.
Estuve con este príncipe de la oración una hora completa, y solamente llamaron una vez a su puerta. Cuando el Sr. Mueller la abrió, se presentó uno de sus huérfanos, uno de tantos sobre la tierra, una niña de cabello rubio. “Querida mía,” dijo él, “no puedo atenderte en este momento. Espera un poco e iré a verte.” Así que tuve el privilegio de permanecer sin interrupciones con este hombre de fe, este victorioso de Dios, este viajero en el peregrinaje del camino de la vida de noventa y un años de edad –un hombre que, igual que Moisés, habla con Dios de la misma manera que un hombre habla con su amigo. Fue para mí, como si una hora celestial hubiese descendido a la tierra.
Su oración fue corta y sencilla. Poniéndose de rodillas dijo, “Oh Señor, bendice a este amado siervo que ahora está delante de Ti más y más, ¡más y más, más y más! Y concédele en la gracia, Tu guía en su pluma para que sepa lo que debe escribir respecto a Tu obra y nuestra conversación de hoy. Lo pido a través de los méritos de Tú amado Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Amén!”
Me recibió con un cordial apretón de manos y me dio la bienvenida. Es un privilegio poder contemplar a un hombre por medio de quien Dios desarrolló una obra tan grande: va más allá de haber oído el tono de su voz; mejor que eso es el privilegio de haberme sentido inmediatamente en conexión con su espíritu y de haber sentido la cálida respiración de su alma como la mía propia. La comunión que tuve con él en aquella hora, se ha quedado grabada en mi corazón para siempre. Este siervo del Dios Altísimo me abrió su corazón, me confortó, oró conmigo, y me dio su bendición. En el transcurso de toda esa hora se hizo manifiesta la fuente de toda fuerza espiritual que habita en George Mueller. Este santo anciano, en pleno uso de todas sus facultades, siempre mantuvo elocuencia en este tema: la alabanza digna a Jehová, el gran Oidor y Contestador de las oraciones de Su gente. Mis palabras fueron muy pocas.
“Usted siempre encontró al Señor fiel a Sus promesas, ¿verdad, señor Mueller?”
“!Siempre! ¡Él nunca me decepcionó o defraudó! En todos estos cerca de setenta años, siempre ha suplido cada una de las necesidades de esta obra cada día. Desde que comenzó hasta hoy, han pasado por aquí, nueve mil quinientos huérfanos, y a ninguno le faltó nunca una comida saludable. En centenas de veces, comenzamos el día sin un centavo, pero nuestro Padre Celestial siempre se las ingeniaba para suplirnos todo lo necesario a cada momento. Nunca nos faltó el sustento. Nunca hubo un momento en que faltase alimento en el plato de cada uno. Durante todos estos años, lo único que he hecho ha sido confiar solamente en el Dios Vivo. En respuesta a mis oraciones me han sido enviados $7.5 millones de dólares. Hemos precisado de más de $200.000 dólares por año y los hemos recibido conforme los íbamos necesitando. No hay ni un solo hombre que pueda decir que yo le haya pedido un céntimo. No tenemos comités, ni recaudadores, ni devotos, ni patrocinadores. Todo ha llegado como respuesta a las oraciones de fe. Dios tiene muchas maneras de tocar el corazón de todos los hombres del mundo para socorrernos. Sin ir más lejos, ayer por la tarde, mientras estaba predicando, un caballero me extendió la mano con un cheque con una buena cantidad de dinero, después de acabar el servicio.”
“He leído su vida, señor Mueller, y he observado que algunas veces, su fe ha soportado duras pruebas. ¿Le sucede lo mismo hoy en día?
“Mi fe está siendo puesta a prueba como nunca antes, y mis dificultades son mayores que nunca. Además de las responsabilidades financieras que tenemos, hay ayudas puntuales que tienen que aparecer constantemente, y lugares adecuados para acoger centenas de huérfanos que salen de nuestras instalaciones. Es muy común que nuestras cuentas estén tocando fondo. La última semana, por poner un ejemplo, hemos estado con las despensas casi vacías. Reuní a mis amados colaboradores y les dije, “!Oren, hermanos, oren!” E inmediatamente recibimos quinientos dólares que nos habían sido enviados, después mil más, y pocos días más tarde recibimos otros 7.500. Pero siempre tenemos que orar, y siempre con creencia. ¡OH! Qué hermoso es confiar en el Dios Vivo, pues Él ha dicho, “nunca te dejaré, nunca te desampararé” (Hebreos 13:5). Mantén muy viva tu expectativa en la grandeza de Dios, y recibirás grandes cosas. La capacidad de Dios no tiene límites. ! Alabado por siempre sea Su glorioso Nombre! ¡Alabado sea en todas las cosas! Lo he alabado muchas veces cuando me envía diez centavos, y lo he alabado cuando me ha enviado $60.000 dólares.”
“Supongo que nunca habrá pensado en ahorrar algún dinero?”
“Si lo hubiese hecho, habría sido un acto bastante necio. ¿Cómo podría orar yo, si tuviese disponible dinero ahorrado? Si lo hiciese, me diría Dios, “dispón de esos ahorros, George Mueller.” OH no, nunca me pasaría por la cabeza hacer una cosa de esas. Nuestros ahorros se encuentran en los Lugares Celestiales. El Dios Vivo es nuestra suficiencia. He confiado en Él por un dólar, y he confiado en Él por miles de dólares, y nunca ha defraudado mi confianza. “Bendito sea el hombre que en Él confía” (Salmos 34:8).
“Y, está claro que nunca pensó en su propio beneficio, ¿no es así?”
No me olvidaré fácilmente de la forma tan digna en que fueron contestadas mis preguntas por este hombre de fe. Estaba confortablemente sentado frente a mí, con sus rodillas muy próximas a las mías, sus manos juntas, sus ojos reflejaban una paz, una quietud, y un espíritu meditativo. La mayor parte del tiempo había estado dirigiendo sus ojos al suelo. Pero ahora que se encontraba erguido, observó mi rostro por breves momentos, con tal intensidad, que sentí traspasar hasta lo más íntimo de mi alma. Había mucho de grandeza y majestad en aquella mirada tan cristalina y pura, tan acostumbrada como estaba a las visiones espirituales y a mirar en los asuntos más profundos de Dios. Yo no sé si mis preguntas le sonaron mal, o si dejaron ver un toque del “viejo hombre” al cual se refirió en su discurso. En todo caso, nunca hubo la menor sombra de duda que alterara todo su ser.
Después de una breve pausa, durante la cual su rostro parecía un sermón y la profundidad de sus claros ojos brillaban iluminados, desabrochó su abrigo y sacó de su bolsillo un antiguo monedero con unos aros para separar las monedas por su valor. Y poniéndolo sobre mi mano dijo tranquilamente, “Todo lo que poseo se encuentra en ese monedero – ¡cada centavo! ¿Lo guardo en beneficio propio? ¡Jamás! Cuando se me envía dinero para mi uso personal, lo reencamino a Dios. Más de cinco mil dólares me han sido enviados de una sola vez; pero jamás he pensado que esos donativos me perteneciesen a mí; le pertenecen a Él, de Quien soy y a Quien sirvo. ¿En beneficio propio? Nunca procuré nada; eso sería deshonrar a mi amoroso, elegante, y todo bondadoso Padre.” Devolví el monedero a señor Mueller. Me dijo la cantidad que contenía, y me contó como él mismo se había entregado del todo al Orfanato y al Instituto del Conocimiento de las Escrituras. Sobre este asunto, sin embargo, junto con algunos más, no estoy autorizado para exponerlos.
Había un rasgo de santo entusiasmo en el rostro de este anciano y fiel hombre, mientras relataba algunos de los incidentes que le sucedieron en sus viajes predicando en cuarenta y dos países diferentes, y cómo mientras viajaba de un lugar a otro – algunas veces los sitios distaban entre sí miles de millas – sus necesidades iban siendo suplidas. Cientos de miles de hombres y mujeres de casi todas las naciones se acercaron para oírle, y su gran tema fue el sencillo mensaje de la salvación y la exhortación a los creyentes a confiar en el Dios Vivo. Me contó que ora más por sus sermones que por cualquier otra cosa y que, muchas veces, no sabe cuál va a ser el texto hasta que no acaba de subir las escaleras del púlpito, aunque haya estado orando por él durante toda una semana.
Le pregunte si pasaba mucho tiempo de rodillas.
“Durante horas todos los días. Yo vivo en el espíritu de la oración; oro cuando camino, cuando caigo, y cuando me levanto. Y la respuesta siempre viene en camino. Decenas de miles de veces han sido respondidas mis oraciones. Cuando estoy persuadido de que algo es correcto, me pongo a orar por ello hasta el final. ¡Nunca desisto!”. El señor Mueller comenzó sus viajes cuando tenía 70 años y continuó realizándolos hasta los 87 (desde 1875 a 1892). Estas palabras fueron pronunciadas con un tono bastante alto. Había un rasgo de triunfo en ellas, y el hombre que las pronunciaba desbordaba un gozo santo. Se había levantado de su asiento mientras las profería y se paseaba alrededor de la mesa.
“En respuesta a mis oraciones, miles de almas han sido salvas,” continuó diciendo. “He de encontrarme con miles de ellos en el cielo.” Se hizo otra pausa. Yo no dije nada, y él continuó: “Lo más importante es no desistir hasta que llegue la respuesta”. Yo he orado durante cincuenta y dos años todos los días por dos hombres, hijos de un amigo de mi juventud. Todavía no han sido convertidos, ¡pero lo serán algún día! ¿Cómo podría ser de otra manera? Está de por medio una promesa de Jehová inmutable, y en ella me recuesto y descanso. El gran error que se comete entre los hijos de Dios es que no perseveran en la oración; no se mantienen orando; no son persistentes. Si desean darle la gloria a Dios en todas las cosas, deben orar hasta que las consigan. “OH, ¡cuán bueno, amable, elegante, y condescendiente es Aquel con quien tenemos que tratar! ¡Él me ha ofrecido, sin yo merecerlo, muchísimo más de lo que pedía o entendía! Yo no soy más que un pobre ser, fracasado y pecador, sin embargo Él ha oído mis oraciones decenas de miles de veces y he sido instrumento Suyo para traer a decenas de miles de almas al camino de la verdad en éste y en otros países. Estos miserables labios han proclamado la salvación a grandes multitudes, y muchísimas personas han creído en la vida eterna.
Pregunté al señor Mueller si alguna vez cuando comenzó esta obra se había imaginado la dimensión y el crecimiento que alcanzaría.
Después de relatar el comienzo en Wilson Street, respondió, “Yo solamente sabía que Dios estaba involucrado en esta obra y que estaba guiando a Su hijo por un camino que no había sido pisado ni explorado anteriormente. Estar seguro de que Él se encontraba presente fue lo que me mantuvo firme.”
“No puedo dejar de notar la forma como habla de sí mismo” Dije, consciente de que abordaba un tema ante un hombre amable, sagrado y cercano colaborador de Dios, con un entendimiento espiritual profundo y con una relación muy intima y personal con Dios, tan pronto como termine de hablar, me arrepentí de mis palabras.
Pero él alejó de mí aquellos temores exclamando, “Hay solamente una cosa que merezco, ¡y es el Infierno! Te digo, hermano mío, que es la única cosa que merezco. Yo soy un hombre perdido por naturaleza, pero también soy un pecador salvo por la gracia de Dios. Aunque por naturaleza sea pecador, no vivo en pecado. Detesto el pecado; lo detesto cada vez más y más, y cada vez amo más y más la santidad.”
“Supongo que, a través de todos estos años trabajando para Dios, se ha debido encontrar con muchas circunstancias adversas que lo hayan desmotivado, ¿no es así?”- pregunté.
“He hallado muchas circunstancias desalentadoras, pero siempre he mantenido y puesto mi confianza en Dios,” fue la respuesta. “En las palabras de la promesa de Jehová descansa mi alma! OH, qué bueno es confiar en Él; ¡Su Palabra nunca vuelve vacía! “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Este principio también se aplica a mi ministerio público. Hace sesenta años prediqué un pobre, seco y estéril sermón que no me dejó satisfecho y, como me imaginé, tampoco confortó a otros. Pero mucho tiempo después escuché diecinueve casos distintos acerca de las bendiciones resultantes de aquel sermón.”
Le conté unos pocos casos que me habían desalentado, y le expresé la esperanza de llegar a ser más útil que nunca para Dios. “Serás útil para Dios, hermano mío,” exclamó él.“!El mismísimo Dios te bendecirá! ¡Esfuérzate! ¡Persevera!”.
¿Me permite pedirle un consejo respecto a mi propio trabajo con Dios? Pregunté: ¿cómo puedo contribuir con mi esfuerzo en la grandiosa labor cristiana de cosechar almas?
“Procura depender enteramente en Dios en todas las cosas” contestó. Deposita tu vida y tu trabajo en Sus manos. Cuando te surjan nuevas tareas, pregunta, ¿esto concuerda con los propósitos de Dios? ¿Es para Su Gloria? Si no es para Su Gloria, no es bueno para ti, y no tienes nada qué hacer al respecto. ¡Recuerda esto! Teniendo presente que todo sea para glorificarle, comiénzalo en Su Nombre y llévalo hasta el final en oración y fe, y ¡nunca desistas! No permitas iniquidad en tu corazón. Si la tienes, Dios no te escuchará. Cree en Su fidelidad. Depende sólo en Él. Espera en Él. Cree en Dios. Espera grandes cosas de Él. No desmayes si demoran las bendiciones en llegar. Y sobre todo, descansa en los méritos conquistados por nuestro maravilloso Señor y Salvador, para que de acuerdo a sus méritos, y no a los tuyos propios, sean aceptables las oraciones que ofreces y el trabajo que realices para Dios. No tuve palabras para responder. ¿Qué podía decir? Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón estaba rebosante de bendiciones –Me impactó tanto lo que escuchaba que me quede sin palabras, paralizado, reinaba el silencio del amor del Cielo.
El Sr. Mueller fue a buscar en otra sala una copia de su biografía, en la cual inscribió mi nombre. Su ausencia me dio la oportunidad de echar un vistazo al apartamento. El mobiliario era de lo más sencillo, práctico y en armonía con el hombre de Dios que había estado hablando conmigo. Este es un gran principio con el que vivía George Mueller, que los hijos de Dios no deberían ser ostentosos en su estilo, cargos o posición, forma de vestir, o modo de vivir. Él creía que la ostentación y el lujo no concuerdan con aquellos que se declaran discípulos de aquel manso y humilde ser que no tuvo donde recostar su cabeza. Sobre la mesa había una Biblia abierta de buena tipografía sin notas o referencias. Esta, pensé, es la morada de un hombre considerado poderoso espiritualmente en los tiempos actuales, un hombre levantado especialmente para mostrar a un mundo frio, calculador, y egoísta, la realidad de los asuntos de Dios y para enseñar a la iglesia lo victoriosa que puede ser si tan solo es lo suficientemente sabia para aferrarse del brazo omnipotente de Dios.
Estuve con este príncipe de la oración una hora completa, y solamente llamaron una vez a su puerta. Cuando el Sr. Mueller la abrió, se presentó uno de sus huérfanos, uno de tantos sobre la tierra, una niña de cabello rubio. “Querida mía,” dijo él, “no puedo atenderte en este momento. Espera un poco e iré a verte.” Así que tuve el privilegio de permanecer sin interrupciones con este hombre de fe, este victorioso de Dios, este viajero en el peregrinaje del camino de la vida de noventa y un años de edad –un hombre que, igual que Moisés, habla con Dios de la misma manera que un hombre habla con su amigo. Fue para mí, como si una hora celestial hubiese descendido a la tierra.
Su oración fue corta y sencilla. Poniéndose de rodillas dijo, “Oh Señor, bendice a este amado siervo que ahora está delante de Ti más y más, ¡más y más, más y más! Y concédele en la gracia, Tu guía en su pluma para que sepa lo que debe escribir respecto a Tu obra y nuestra conversación de hoy. Lo pido a través de los méritos de Tú amado Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Amén!”

